Recorriendo el mundo de la fantasía

Recorriendo el mundo de la fantasía. Imágenes de hadas, ninfas, elfos, duendes, seres mitológicos (egipcia, griega, romana, nórdica...), ángeles, guerreros, vikingos, cruzados, templarios, valkirias, amazonas, brujas, hechiceros, druidas, dragones, dioses, demonios, vampiros, animales, licántropos (hombre lobo), sirenas, unicornios, espíritus...

Historia de Terror: El disfraz

El disfraz

Ese día era el esperado. Cuando anocheciera, acompañaría a su hermano a pedir golosinas en su primer Halloween. Por supuesto, el no lo sabía, nunca sabía nada.

Hacía dos años sus padres, Tomás y Rosana, habían recibido la desagradable noticia instantes después de su nacimiento, la noticia que ningún padre quiere escuchar. Su segundo hijo, Gabriel, sufría de síndrome de dawn.

Fue un golpe duro, muy duro para un matrimonio joven como eran los Domóras. La tristeza los acosaba cada vez que pensaban en la vida del muchacho, en las escasas posibilidades que el futuro le depararía, en el aislamiento que tarde o temprano sentiría. Mas se empeñaron en hacerlo feliz todo el tiempo que pudiesen. Además de los padres, David, su hermano mayor, pasaba muchas horas al día junto a él. Le jugaba, le peleaba, lo hacía reír a carcajadas. Los padres trabajaban muchas horas al día y sus ingresos no permitían costearse una niñera. Pero el era un excelente hijo, a pesar que solo tenía 6 años, y sus padres estaban orgullosos de él. Ninguna niñera podría llegar a hacer por el desafortunado lo que él con su escasa experiencia había logrado.

Además estaba la atención. A Gabriel siempre alguien estaba atendiéndolo, jugando con él, mientras que David siempre tuvo que apañárselas solo. Su etapa de malcriado había sido superada a los tres años y medio cuando su padre le conto que iba a tener un hermanito con quien jugar. Esto no había sido así (ningún juguete sobrevivía a las manos de Gabriel), mas David nunca se había enojado. Su madre le había dicho que había que tener paciencia y eso a él le sobraba.

Historia de Miedo: SOMBRA DE MI

SOMBRA DE MI

Tardamos más de cuatro horas en llegar, pero el espectáculo que por fin se presentó ante mis ojos, hizo que me importase bien poco el cansancio. Una enorme casa colonial, que en tiempos debió ser de un esplendor majestuoso, se abría paso entre la creciente vegetación y los gigantescos robles que la flanqueaban. A pesar de estar construida con piedra y, sobre todo, madera, parecía estar perfectamente conservada, con su reciente instalación de agua corriente y electricidad como única remodelación.

Nos acercamos lentamente con el coche mientras contemplábamos todo lo que nuestros ojos eran capaces de captar. Mi amiga sólo estuvo allí una vez, pero era tan pequeña que no recordaba nada excepto las extrañas estatuas cubiertas de líquenes que más tarde encontraríamos en la parte posterior.

Tras sacar las maletas del calor infernal de aquel coche, nos dispusimos a entrar, cámara de fotos en mano, al que sería nuestro hogar durante aquel verano. Cuando mi amiga abrió la puerta, dejamos los bultos en la entrada y nos dispusimos a explorarla con avidez: empezamos por abrir todas las cortinas de los grandes ventanales que recorrían la primera planta y, de inmediato, las habitaciones se inundaron de los cálidos rayos que el sol emitía a esa hora de la tarde. Y a pesar de haberle devuelto la vida, la casa parecía fría y distante.

No le comenté nada a mi amiga puesto que allí habían vivido gran parte de sus antepasados, pero el hecho de retirar todas las telas que protegían del polvo a los muebles y limpiar un poco por encima todo aquello, no le restó ese aire inquietante.

Historia de Miedo: La noche de los espíritus

La noche de los espíritus

En una casa de las afueras de la ciudad vivían la pareja de abuelos Angelina y Paul Collins. Transcurría el año 1989 cuando el Sr. Paul fallece de un paro cardiaco, teniendo Angelina que solventarse sola debido a las deudas que le quedaron de los altos tratamientos que se hacia el Sr. Collins. Es así que su nieto Alan se muda a la pequeña casa que tenían en el fondo.

Una noche Alan llega pasadas las 2 de la mañana. Al pasar por la ventana de la habitación de su abuela siente ruidos de cajones que se abren y se cierran, esto le resulta raro, ya que provenían de la mesa de luz de su abuelo fallecido. Iba a entrar a ver si le sucedía algo a su abuela, pero, y debido a su cansancio, lo dejó para el otro día, pensó también, que tal vez su abuela estaba buscando algún analgésico, y se fue a dormir.

Al otro día mientras desayunaba le pregunta a su abuela.
  • ¿Te sientes bien abuela?
  • Sí, ¿por qué?
  • Es que ayer, cuando volvía de trabajar, pasé por la ventana de tu habitación y sentí ruidos del cajón de la mesa de luz del abuelo, supuse que buscabas algún remedio, pero me extrañó, ya que tu nunca tomaste nada, siquiera para el dolor de cabeza.
  • Mira, te voy a contar lo que sucede. La noche posterior al fallecimiento de tu abuelo empecé a sentir los mismos ruidos que tu escuchaste anoche. Las primeras noches me asusté terriblemente, pero lo peor fue sentir la voz de tu abuelo que me preguntaba dónde estaban los remedios. Otras veces me decía que me iba a llevar con él para que lo cuide porque se olvidaba las cosas.
  • ¿Y cómo lo tratas de solucionar? Lo que es yo, ya me hubiera ido.
  • Le digo que se quede quieto, que se deje de molestar. Y entonces todo se para, pero te puedo asegurar que tengo bastante miedo.

Relato de Terror: Sangre y Letras

Sangre y letras

Se levanta por la mañana bien temprano para aprovechar todas las horas del día. No hay sonrisa en su cara. Se prepara el mismo té amargo y come los bizcochos ya duros de tres días atrás. Él es feliz, pero no lo demuestra. Se lo guarda bien para sí mismo pues no ha logrado adaptarse al mundo actual, y a las personas que hay en él. Termina el desayuno, lava las pocas vajillas usadas y se encierra en su habitación, preparado para hacer lo que hace todas las mañanas y lo que más disfruta. Se sienta en un sillón no muy cómodo y comienza...

Vanesa creía disfrutar su adolescencia como nadie. Tenía apenas dieciséis años, pero como ya no era virgen creía haberlo vivido todo. Su semana transcurría de la manera normal como para cualquier persona de su edad. No hay nada relevante para contar con respecto a cursar la secundaria. Vanesa no estaba interesada. Estudiaba sólo para las materias fáciles, pero lograba sólo eximirse en gimnasia.

Figura moldeada y bastante desarrollada. Ropas apretadas hasta el punto justo, ese que hace suspirar a los especímenes masculinos que la ven pasar. Vivía riéndose, pero sin saber muy bien por qué. De lo que sí estaba pendiente es de qué pasa con los personajes de sus reality shows favoritos. Era difícil discutir sobre ese tema con ella, dado que estaba bastante al tanto de lo que pasa en la “casa más famosa”.

Llegado el fin de semana, venía la desesperación. Debía pensar un par de horas para saber que vestimentas usar a la noche. Quizás Mariano la miraría esa noche, o Nicolás bailaría con ella, o llegaría finalmente a algo con Germán, o concretaría las cosas con Víctor. Sea como sea su mente era una confusión debido a esto y una situación no muy diferente transcurre en la mente de sus amigas.

Historia de Miedo: Seis escalones

Seis escalones

Caminaba como siempre, medianamente rápido, mirando hacia abajo, como esperando encontrar alguna cosa tirada en el suelo. Las tres de la tarde, y el arquitecto Di Giulio apuraba el paso para volver a su estudio y almorzar algo antes de la reunión con González y MacManey, fijada para las 15:30 hs. Había sido una mañana agitada, pero productiva, se dijo, satisfecho. El emprendimiento más importante en el que estaba trabajando, era todo un éxito, hasta el momento. Un moderno edificio, en Puerto Madero. Excelente ubicación, y la obra marchaba sobre ruedas. Esa mañana la había visitado por enésima vez, con un brillo de ambición en los ojos. Oficinas, locales comerciales, viviendas... Y la terraza...La terraza sería sencillamente espectacular...Coronada por una inmensa variedad de plantas, algunas esculturas, y hasta una hermosa fuente de mármol blanco. Enrique Di Giulio, junto a su socio y amigo, Cecilio Bonanno, había presentado el proyecto de la obra, que fue aprobado inmediatamente. La obra avanzaba a buena velocidad...Ya se podía visitar la terraza, inclusive. El único inconveniente era que, para llegar a ella, había que trepar por una angosta escalera. Un poco de vértigo, se dijo, pero dentro de poco el acceso a la terraza va a estar terminado y esos escalofriantes escalones de madera, pasarán a ser historia. Ahora estaba a trece cuadras del estudio, y pensó en tomar un taxi, pero al intentar detener a uno, este pasó de largo, como si no lo hubiera visto. Bueno, pensó. Mejor camino. Me va a venir bien, hace mucho que no hago algo de ejercicio. Aflojó el paso, y levantó la mirada. El centro era un infierno de gente yendo y viniendo. Llegando a la esquina de Callao y Corrientes, sonrió. Por la vereda de enfrente se acercaba Soledad, su hija menor, con dos amigas. Vestían equipo de gimnasia. Cruzaron la calle y él le dirigió una sonrisa a su hija, que pasó por su lado conversando animadamente con sus compañeras. Ella no le devolvió la sonrisa ni el saludo que le dirigió con la mano. Ni lo miró siquiera, en realidad. Pensó en seguirla y alcanzarla, pero miró su reloj; se le hacía tarde. El rostro de Enrique se ensombreció por un instante. Ella había pasado a su lado como si él no existiera...Pero, pensó, era evidente que no lo hubiera visto, había tanta gente en la calle...Y charlando con las amigas...Lo más seguro era que fueran pensando en otra cosa, se dijo, tratando de olvidar el episodio. Pero le costaba creerlo; Soledad no tenía una pizca de distraída. Siguió caminando, pensativo. Se dio cuenta de que había perdido el apetito. A pesar de no haber probado bocado después del desayuno, a las seis y media de la mañana, y, cuando normalmente a las 13 almorzaba vorazmente, Enrique no tenía ganas de comer. Dos cuadras más adelante, al doblar una esquina distraído, casi se chocó con Joaquín, su suegro. Se frenó de golpe, justo antes de tropezar con él, y le dijo alegremente, alzando la voz: -¡Don Joaquín! ¡Casi lo tiro al piso...! ¿Qué anda haciendo por acá, con éste calor? Su suegro siguió caminando como si no lo hubiera oído. Como si él no existiera. -¡Hey! ¡Don Joaquín...! Se le paró enfrente y le gritó. Nada. El viejo no lo veía. Estaba esperando que el semáforo le permitiera cruzar la avenida.

Historia de Terror: El hombre de la acera

El hombre de la acera

-¡¡Dios!!, ¿pero que ha sido eso?. ¡¡Joder!!, mierda. ¿Pero qué me pasa?, ¿por qué me ocurrirá esto a mí?, ¿qué tiene que ver todo eso conmigo?. – Adam dio un bote en la cama sobresaltado y confuso, sudando y pensando lo que había estado soñando. Estaba arropado de cintura para abajo, y llevaba puesta una camiseta interior de tirantes. – Esto es de locos. No puede ser cierto todo lo que me ocurre, voy a tener que ir al médico. – Se levantó de la cama y fue directamente hacia la cocina. Tenía los pelos alocados y llevaba un pantalón corto negro puesto de los que usaba cuando iba a jugar algún partido de fútbol sala con los amigos. Antes de llegar a la cocina, pasó por el cuarto de baño y se lavó la cara. Miró fijamente al espejo y se sobresaltó de nuevo. Había visto la figura de una cara reflejada en él que se encontraba detrás. Tenía los ojos a medio cerrar y enseñaba una breve sonrisa hacia un solo lado. Cerró los ojos y los volvió a abrir y la figura ya no estaba allí presente. Suspiró y volvió a mirarse en el espejo con miedo.

Salió del servicio y se fue a la cocina. Se bebió un vaso de leche y volvió a la habitación. Sacó una libreta de la mesilla de noche que estaba al lado de la cama y con uno bolígrafo que también había allí empezó a anotar unas cosas en la libreta.

1º La garrota.
2º Las tijeras de Anna.
3º Autobús.....

La última palabra de su punto tres la puso con algo más de temor. Las demás palabras estaban mucho más claras, pero “Autobús” estaba un poco más ilegible y con mucha irregularidad en ella, torcida de la línea que había dibujada en la libreta.

Historia de Miedo: La Transacción

La Transacción

El Rolls-Royce giró por la quinta dispuesto a entrar en Wall Street. El color plateado del coche refulgía bajo los primeros rayos de la mañana. El lujo que desprendía aquel coche destacaba en una calle llena de tráfico. En el asiento de atrás un hombre mayor, elegantemente vestido estaba meneando la cabeza y farfullando cosas; el millonario Van Houten comenzaba a impacientarse. Siempre había sentido claustrofobia desde niño, y un atasco aunque fuese en una gran ciudad, era mortal para él. Golpeó sin piedad con la punta del bastón el cristal ahumado que lo separaba de Jeffry, mientras exclamaba: ¿Es que no puedes ir más deprisa?. El chófer optaba ya por no responderle. En Nueva York, para ir más deprisa, o vas con los pies por delante dentro de una ambulancia, o vas andando, pero el millonario pensaba aguantar vivo mucho tiempo, y nunca había dado un solo paso en su vida. Parecía como si hubiera saltado de la cuna a la sillita, de la sillita al coche de papa, y de allí a su propio coche, sin haber pasado por el gateo natural de los niños.

Van Houten era dueño de la cadena de bancos más importante del país, y podía haber vivido toda su vida en una isla paradisíaca si hubiera querido, dedicándose tan solo a vivir de las rentas que el sudor de su padre y de sus antepasados le producían. Sin embargo además de ser un hombre ciertamente atractivo, a pesar de su cetrina nariz herencia de su pasado judío, era un tipo perverso. Se sabía un hombre poderoso y eso le gustaba. Le encantaba experimentar el placer de entrar todos los días en la sede central y observar el sometimiento y la sumisión de todos sus empleados. Era eso y no otra cosa, lo que le movía a ir todos los días a trabajar. Disfrutaba con esos contactos prohibido con bellas secretarías, que nunca decían nada a cambio de un sustancioso aumento, con esos maricas encorbatados que bebían de sus manos, con esas miradas sumisas, esas sonrisas falsas de adoración, con el sentimiento de sentirse casi como Dios. Casi, porque él tenía más dinero.

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