Recorriendo el mundo de la fantasía

Recorriendo el mundo de la fantasía. Imágenes de hadas, ninfas, elfos, duendes, seres mitológicos (egipcia, griega, romana, nórdica...), ángeles, guerreros, vikingos, cruzados, templarios, valkirias, amazonas, brujas, hechiceros, druidas, dragones, dioses, demonios, vampiros, animales, licántropos (hombre lobo), sirenas, unicornios, espíritus...

El Pequeño Genio de la "Fuente del Olvido"

Genio de la mitologia griegaAl "Sueño", también se le denominaba "Hipno" y aparecía relacionado con la "Noche" -Nix- y con la "Muerte" -Tánato- Olimpo, ni héroe, sino un pequeño genio que, como él mismo afirma en su respuesta a la diosa Hera, ya no se atreva a burlar al poderoso Zeus, pues siempre le había descubierto al despertarse y, por miedo a ser blanco directo de su ira, se había tenido que refugiar apresuradamente en las tinieblas oscuras de la Noche.

El Sueño (Hipno) habitaba en una caverna profunda y oscura, y en la que no podían penetrar los rayos del sol. Según las leyendas de los más insignes cantores de mitos, esa oscura cueva albergaba además otros espectros y duendes que hacían de servidores de aquél. También tenían como misión salir al exterior de la gruta para visitar a los humanos y, así, contagiarles de su mágica función, es decir, dormirlos.

Los dominios del "Sueño" y sus servidores y acompañantes se extendían por la vasta región del legendario país de Lemnos. Aquí nacía la mítica fuente de Lete bien llamada "Fuente del Olvido" porque todos los que bebían de sus aguas perdían la memoria y se olvidaban de su vida anterior y de su pasado. Su voluminoso caudal formaba un río que discurría por las profundidades del Tártaro y del que bebían las almas de los muertos para olvidarse de las penalidades antiguas y nuevas.

De este modo, los grandes mitólogos han establecido una íntima relación entre el sueño -ausencia de conciencia, por así decirlo- y la muerte como símbolo fehaciente del total olvido.

La iconografía de todos los tiempos representaba al Sueño (Hipno) como un joven alado, cuya figura llevaba una rama con la cual los humanos eran tocados para producirles un sueño profundo. Las alas se hallaban colocadas a la altura de las sienes, y eran semejantes a las de los pájaros nocturnos, como los búhos y las lechuzas, de forma tal que su vuelo apenas era perceptible para el oído humano. Y, así, el Sueño (Hipno), venía silencioso y se alejaba sin ruido.

Amor y sueño

Hera, diosa de la mitologia griegaAunque la negativa del Sueño parece tajante, sin embargo, Hera lo convence usando de su perspicacia. Se daba el caso, y era un secreto a voces, por así decir, que el Sueño pretendía con insistencia a la bella Pasítea -la más joven de las tres Gracias (Cárites)- y, por su posesión, el Sueño haría cualquier cosa. Hera le prometió que sus deseos serían satisfechos. El Sueño se lo hizo jurar: "Jura por el agua sagrada de la Laguna Estigia, tocando con una mano la fértil tierra y con la otra el brillante mar, para que sean testigos los dioses subtartáreos que están con Cronos (Saturno), que me darás la más joven de las Cárites (Gracias), Pasítea, cuya posesión constantemente anhelo".

Hera cumplimentó los requisitos exigidos por el Sueño y juró poniendo por testigos a todos los dioses que éste le había obligado nombrar. En lo sucesivo, la diosa se comprometa a interceder, ante la bellísima Cárite, a favor del desalado Sueño.

Pero, antes de que el poderoso Zeus fuera vencido por el Sueño, era necesario, además, que las mieles del amor de Hera contribuyeran a incrementar el estado de sopor de aquel. Para ello, la sagaz diosa pidió a Venus "el amor y el deseo con los cuales rindes a todos los inmortales y a los mortales hombres". La diosa del amor, la "risueña Venus", accedió al ruego de Hera, la de "los grandes ojos" y, acto seguido, se "desató del pecho el cinto bordado, que encerraba todos los encantos: hallábanse allí el amor, el deseo, las amorosas pláticas y el lenguaje seductor que hace perder el juicio a los más prudentes. Púsolo en manos de Hera y pronuncio estas palabras: Toma y esconde en tu seno bordado ceñidor donde todo se halla. Yo te aseguro que no volverás sin haber logrado lo que te propongas".

Sueño y amor unidos todo lo pueden y conquistan, y hasta el rey del Olimpo, el gran Zeus, cae en la meliflua tela tejida con tales ingredientes por su esposa Hera. Mientras aquél dormía plácidamente, "vencido por el sueño y el amor y abrazado con su esposa", un fiel emisario de ésta corría veloz hacia las naves de los aqueos para avisar a Neptuno -el dios de las aguas- que tomara parte en la batalla librada entre los hombres. Este mensajero no era otro que el dulce "Sueño" intentando cumplir con su promesa hecha a Hera: "El dulce Sueño corrió hacia las naves aqueas para llevar la noticia a Neptuno, que ciñe la tierra; y deteniéndose cerca de él, pronunció estas aladas palabras:
!Oh Neptuno! Socorre pronto a los dánaos y dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme Zeus, a quien he sumido en dulce letargo, después que Hera, engañándole, logró que se acostara para gozar del amor".

El dulce sueño

Hera y Zeus. Amor y odioNo es de extrañar que Hera, la primogénita femenina de Cronos y Rea, mostrara un talante hosco ante las correrías de su lujurioso esposo. Y esto ha sido aprovechado por los detractores de la diosa para tacharla, cuando menos, de irascible.

Todos los mitólogos acusan a la diosa de intransigencia y rencor, sin embargo no cabía más alternativa que plantarle cara al poderoso Zeus. De este modo, acaso podrían conseguirse resultados tendentes a la enmienda de su conducta para con Hera.

Pero, puesto que Zeus era el más grande de los dioses, y como además, todas las demás deidades le debían respeto y obediencia, no era fácil encontrar aliados contra los desmanes que infligía a su propia esposa, aunque todos coincidían en que la causa era justa.

A menudo, Hera recababa la ayuda de otros dioses del Olimpo para contrarrestar, y evitar, la infidelidad de Zeus. Más nadie se atrevía a engañar al rey de los dioses y de los hombres. Unas veces solicitaba la ayuda del Sueño para que adormeciera al rey del Olimpo y otras recurría al consejo de la dulce Venus con la intención de plagiar sus encantos, y, así, someter afectivamente al lúdicro y libidinoso dios.

Homero nos lo describe en "La Ilíada" de la forma lírica siguiente:
"Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo y pasando por la Pieria y la deleitosa Ebatia, salvó las altas y nevadas cumbres de las montañas donde viven los jinetes tracios, sin que sus pies tocaran la tierra; descendió por el Atos al fluctuoso mar y llegó a Lemnos, ciudad del divino Toante. Allí se encontró con el Sueño, hermano de la Muerte; y asiéndole de la diestra, le dijo estas palabras: "!Oh Sueño, rey de todos los dioses y de todos los hombres!. Si en otra ocasión escuchaste mi voz, obedéceme también ahora, y mi gratitud será perenne. Adormece los brillantes ojos de Zeus debajo de sus párpados, tan pronto como, vencido por el amor, se acueste conmigo. Te daré como premio un trono hermoso, incorruptible, de oro; y mi hijo Hefesto, el cojo de ambos pies, te hará un escabel que te sirva para apoyar las nítidas plantas, cuando asistas a los festines".

Respondió le el dulce Sueño: "!Hera, venerable diosa, hija del gran Cronos!. Fácilmente adormecería a cualquier otro de los sempiternos dioses y aun a las corrientes del río Océano, que es el padre de todos ellos, pero no me acercaré ni adormecer a Zeus (Júpiter) si él no lo manda".

Hera

Hera, diosa de la guerraLa fuente originaria para conocer las relaciones de la diosa Hera con todos los demás dioses y diosas del Olimpo será el gran cantor Homero.

Este nos explica que la diosa Hera, "la de los grandes ojos", es una deidad que tiene el mismo linaje que el poderoso Zeus, y que fue engendrada como la más venerable y que, además, se convirtió en esposa del rey del Olimpo.

La diosa Hera estaba considerada como la reina del Olimpo y, según cuenta el gran narrador Hesíodo, era hija del titán Crono y de Rea, diosa de la tierra.

Mas sus peculiaridades y características abarcan aspectos de todo tipo. Muy especialmente se suele criticar a esta diosa su excesiva terquedad, su crónico malhumor y su actitud celosa e intransigente ante los amoríos de su esposo Zeus. Claro que, si sucediera lo contrario, si ésta pagara al rey de los dioses y de los hombres con la misma moneda, habría que ver la furia que tal acción desencadenaría en aquél. Pero la fábula se resuelve de este modo arbitrario que consiste, como ya sabemos, en hacer libres a unos a costa de la sumisión de otros.

Lo cierto es que los amores e idilios de Zeus colmarían la paciencia del más pintado, por así decirlo. Sus correrías llegan a tales extremos que hasta podríamos hablar de sofisticación. Reparemos, si no, en la artimaña utilizada por aquél para adentrarse en los dormitorios ajenos, cual es el caso de su transformación en lluvia de oro para, así, introducirse en la torre donde se hallaba recluida Dánae -la bella hija del rey de Argos y Eurídice-, porque un oráculo consultado por su padre había predicho que éste moriría a manos de un descendiente suyo.

Efectivamente, su nieto Perseo, nacido de la subrepticia unión de Zeus y Dánae, mataría, bien que de manera accidental, a su propio abuelo, las afirmaciones del oráculo se cumplieron con creces.

En otra ocasión, la hermosísima Alcmena, hija del rey de Micenas, fue víctima de engaño por parte de Zeus, el cual, con ocasión de una larga ausencia del marido de Alcmena, tomó su propia forma y figura y logró así seducir a la bella muchacha. De esta unión nacería el gran héroe Hércules. Se dice que Alcmena murió siendo ya muy anciana, y que su cuerpo yace en los Campos Elíseos, pues así lo quiso Zeus en agradecimiento a los favores que de ella recibió.

El largo historial matrimonial y familiar de Zeus

Familia del dios ZeusAfrodita: La diosa por excelencia del Olimpo, hija de Urano -de la espuma que surgió de lo que un día fueran atributos viriles del dios, tras la amputación sufrida a manos de Cronos- o hija de Zeus y Dione, en otro mito anterior y menos sangriento que el primero.

Alcmena: Zeus se convirtió en el vivo retrato de Anfitrión, esposo de Alcmena y rey de Tebas, para poder usurpar como marido la compañía de la gentil reina Alcmena. La treta funcionó a la perfección, y de tal amor surgió nada menos que Heracles, el Hércules de los romanos, el más poderoso héroe de la antigüedad, el héroe que fue capaz de realizar los más prodigiosos trabajos, que se le impusieron como pruebas sucesivas.

Antíope: La hija del rey Nícteo de Beocia. Para esta ocasión Zeus se hizo pasar por un modesto pero erótico sátiro y el encantamiento hizo el oportuno efecto. No hay que confundirla con su homónima Antíope, reina de amazonas y esposa del gran Teseo.

Calisto: Diana, la diosa cazadora de los romanos, hija de Júpiter, tenía en alta estima a la gentil ninfa Calisto, pero Juno no compartía esta opinión y, como esposa celosa de Júpiter, convirtió a la muy bella ninfa en osa; Júpiter, conmovido, hizo que la madre y el hijo de su unión pasaran a ocupar un puesto privilegiado en el cielo, como Osa Mayor y Osa Menor.

Ceres: Ceres es la Deméter de los latinos, hija de Saturno y Cibeles y, por tanto, hermana de Júpiter. Los lazos de sangre no evitaron que surgiera un apasionado amor entre ambos.

Climena: Una esposa más de la larga lista de matrimonios del alegre Zeus, con quien tuvo a Atlas, aquel gigante condenado a soportar el peso de todo el firmamento sobre sus espaldas.

Dánae: La historia de la seducción de Dánae es una de las más hermosas del abultado historial del dios transfigurado. Dánae era hija del rey de Argos, de Acrisio, quien había sido avisado por un oráculo de que sería muerto por su propio nieto. Para intentar -vanamente, como es lógico- torcer la voluntad del destino, decidió poner fuera de toda posibilidad de galanteo a su hija. Así hizo, encerrándola en una torre de bronce, o en una cueva, según las distintas leyendas. Zeus, excitado sin duda por la dificultad, se transformó en una sutil lluvia de oro y consiguió su propósito, engendrando al buen Perseo quien, a la postre, sería causante involuntario de la muerte de Acrisio, al lanzar la jabalina, que, en lugar de probar la fuerza y destreza del joven, afirmaría el poder de los oráculos y la inexorabilidad del destino, utilizándole a él como un simple vehículo mortal de las decisiones del Eterno.

Deméter: Diosa de la agricultura en el panteón griego, como lo fue Ceres en el romano, esposa de Zeus, además de hermana del Dios y de otra de sus esposas, la celosa y vengativa Hera, Deméter representa el culmen de la unión (permitida siempre a los dioses y a los héroes) incestuosa por excelencia. Perséfone, la Proserpina de los romanos, nació de este amor.

La vida amorosa de Zeus

Zeus y HeraZeus, aburrido en su Olimpo eterno, se deja caer sobre doncellas apetecibles, y lo hace con imaginación y alegría, apareciéndose como un cisne enamorado y tierno, como una lluvia de fino oro o como un brioso toro, por no extendernos en demasía. Los hijos habidos de tan raras uniones deben quedar clasificados de manera específica, para separarlos de los legítimos habidos dentro del marco olímpico y legal. Para conocer mejor a Zeus (Júpiter), hemos de establecer con orden sus múltiples relaciones: tendremos que ver su matrimonio con Leto o Letona; otro con Deméter; otro más con Hera, que era también, aparte de esposa, hermana del dios del cielo; más los celebrados con Maya y Dione. Pero no podríamos olvidar los contactos habidos con Io, con Dánae, con Alcmena, con Egina, con Leda, con Europa, con Semele, con Antíope, con Calisto (que era hermosa ninfa, a pesar del equívoco que pueda despertar su nombre entre nosotros), con Climena, con Menalipa, con su hija Afrodita, con Juno, con Eurinome, con Mnemosina, con Ceres, con su otra hermana Temis, etc. En muchas ocasiones, como acabamos de comentar, estas uniones no nacían del deseo del dios, sino de la conveniencia del Estado romano y el dios Júpiter tenía que plegarse a ellas para congraciarse con los nuevos súbditos incorporados al Imperio, aunque ahora vamos a referirnos sólo a los amores clásicos, por así decirlo.

Y, ya que hablamos de matrimonios y/u otras románticas uniones, debemos dar una mínima relación de hijos habidos, legión por numerosos y maraña por complicaciones genealógicas. Zeus (Júpiter) era un dios, por sobre todas las cosas, que tuvo mucho poder y todo el tiempo de la eternidad para enamorarse repetidamente, pero también era hombre desarmado, cuando sus esposas legales le sorprendían en una aventura y tenía que inventar excusas y tratar de salir del paso con la máxima dignidad, si eso era posible, o escabullirse del lío familiar, sin que se le pueda tachar de juego sucio, ya que no se escudaba en su divinidad a la hora, no por habitual menos complicada, de intentar salir airoso del trance doméstico.

Roma adopta al viejo Zeus

Los romanos adoran al dios Zeus rebautizado JúpiterCon los romanos en el timón de la historia, Zeus se instaló en el Imperio con el nombre de Júpiter. Para estar a la altura de la imagen hegemónica del latino guerrero victorioso, Zeus se subió a una cuadriga, transformado en un JUPITER conductor de cuatro caballos blancos, los más airosos, poderosos y perfectos del establo celestial. Era ya el hijo del devorador Saturno, el hermano victorioso de la guerra contra el malvado padre y sus cómplices, los Titanes, junto con el Neptuno de los mares y el Plutón de los abismos. Como los romanos eran, sobre todo, prácticos y utilitarios, pusieron a este dios del rayo y el trueno como patrón de los elementos y a él se recurría para asegurarse de que los meteoros no se desbocasen contra los campos imperiales, de modo que la lluvia llegase a tiempo y con la moderación necesaria para el crecimiento mesurado del grano, la fruta y la uva, mientras que el rayo, la nieve o el granizo no se salieran de su calendario, sin poner en peligro el trabajo de los piadosos y afanosos agricultores romanos.

Al igual que Zeus en la Acrópolis, Júpiter era el centro de la vida en su tierra de adopción, presidiendo desde el Foro romano la vida civil y religiosa del más grande imperio jamás habido. Su popularidad era incontestable, tenía todas las notas precisas para ser el primero inter pares, por su galanura y su trayectoria en la Hélade natal. Con los avances de Roma en nuevas tierras, Júpiter fue abrazado para su causa -en legal matrimonio de Estado- a las diosas de primera línea de los países conquistados o aliados y ganando de paso las características más destacadas y todas las mejores virtudes de los dioses asimilados por el creciente poder de la ecléctica máquina política y militar latina. Poco a poco, Júpiter reunió los mayores tesoros físicos y las mejores cualidades de todos los panteones locales, rápida e inteligentemente asimilados por los vencedores que querían, más que vencer, convencer a los nuevos súbditos imperiales, demostrando su aprecio por las religiones del lugar, que quedaban situadas a la altura de su dios primero. Con cada una de esas uniones se incrementa la dote del dios, pero también se iba haciendo más compleja su figura, ya que debía asimilar las costumbres y los lazos familiares de los dioses absorbidos; tal vez por eso, Júpiter redobla su fama de amante, convirtiéndose en el esposo legal o ilegal de tantas diosas, ninfas, o semidivinidades, emparejamientos que no son más que verdaderos matrimonios de Estado para contentar a las parroquias locales de cada dios y mejorar la gobernabilidad del Imperio. Los romanos, prácticos antes que nada, toman a Júpiter como dios y como embajador, y la combinación les resulta más que eficaz.

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