Recorriendo el mundo de la fantasía

Recorriendo el mundo de la fantasía. Imágenes de hadas, ninfas, elfos, duendes, seres mitológicos (egipcia, griega, romana, nórdica...), ángeles, guerreros, vikingos, cruzados, templarios, valkirias, amazonas, brujas, hechiceros, druidas, dragones, dioses, demonios, vampiros, animales, licántropos (hombre lobo), sirenas, unicornios, espíritus...

El regalo de Zeus a Artemisa

Artemisa la cazadora
Cuando, un poco más crecida, se encuentra con su padre Zeus, la niña pide un raro favor: ser virgen para siempre y llevar arco y flechas, como lleva su hermano Apolo. Además, quiere tener el privilegio de ser portadora de la luz, vestir una preciosa capa de cazadora, coquetamente rematada en rojos y que termina a la altura de sus rodillas; también pide una compañía de sesenta ninfas del océano, otras veinte del río Amnisos, perros de caza, todos los montes del Universo y, si tuviera tal antojo, cualesquiera ciudad que le complaciese poseer. Al padre Zeus, poderoso dios y humano personaje, le hace gracia la petición de la niña y le concede todo lo reseñado; sabe que lo que la niña quiere para sí es mucho, pero eso es también un claro signo de crecimiento y el padre acepta la larga lista de obsequios y privilegios y se muestra más generoso todavía, ya que le da treinta ciudades, para empezar, mientras que, considerando que ya es lo suficientemente seria como para aceptar responsabilidades protectoras, la pone al cuidado de los caminos y los puertos de su mundo, que no es otro que el griego, el mundo de su reinado inicial como diosa de los montes y de la caza que en ellos se encierra, y le dice que ahí no va a acabar su fama ni su gloria, ya que serán muchas las ciudades que se pondrán bajo su protección.

Artemisa, protectora de madres e hijos

Artemisa cazando en la profundidad del bosque
Este hecho, absolutamente milagroso y sorprendente, de que Artemisa, nada más saltar al mundo, emprendiese su tarea, ayudando a que su madre siguiera su destino y cruzara las aguas, para poder arribar finalmente a la isla de Delos, es prueba de que se trata de una personalidad mitológica extraordinaria Pitón y de la consiguiente venganza de Hera, Leto se coloca en la ladera norte del monte Cinto, a cubierto de la luz del sol; allí la fatigada y asustada parturienta dio a luz a Apolo, tras nueve días de contracciones y dolores. Delos, tras el nacimiento del dios, quedó para siempre anclada en su lugar y ahí está, como prueba tangible de que lo que se cuenta es cierto, como todo lo que la mitología nos relata.

Con tan complicado parto, no es de extrañar que a Artemisa, por ser la hembra de la pareja de gemelos, se la asociara desde ese nacimiento sobrenatural a las mujeres encintas, como protectora de los partos y que se convirtiera, por asimilación, también en diosa tutelar de las crías de todos los animales mamíferos y, muy especialmente, de los niños de pecho, aunque no fuera tan solícita con los mamíferos crecidos ni con los seres humanos adultos, ya que unos eran sus blancos móviles en la caza y los otros se podían convertir en objetivo de su especial androginia, de su persecución terrible de los varones creciditos. Pero casi todos los personajes del Olimpo tienen sus virtudes y defectos construidos como los humanos y vividos tan desmesuradamente como sólo lo pueden hacer ellos, los dioses.

Artemisa, sus primeros años

Artemisa de joven (Artemis)
Zeus, en su romance con la bella Leto, tuvo otro de sus románticos raptos amorosos y encerró a su pareja, y a él mismo, en la corporeidad mágica de una pareja de codornices encelados. Tras ese rapto poético, Leto quedó encinta; llevaba en su seno a los gemelos Apolo y Artemisa. Tras el idilio y sin tener casi tiempo para despedirse de su amante ni comprender bien el alcance de su acto de amor, la futura madre de los grandes dioses debió huir del ataque de la celosa Hera, esposa legítima y verdadera de Zeus, harta de sus historias románticas y extramatrimoniales. Para castigar a quien tanto había arrebolado a su veleidoso marido, Hera lanzó a la serpiente Pitón en persecución de la horrorizada embarazada, con la maldición de que no consentiría el parto en ningún rincón de la tierra que estuviera alumbrada por el sol. Con la ayuda del viento, Leto fue hasta las proximidades de Delos. Allí parió al primero de los gemelos, iniciándose un largo proceso de parto. Nacida Artemisa y ya consciente del peligro que corría su inocente madre, esta pequeña empezó a utilizar parte de los recursos de la divinidad y, a pesar de ser tan sólo una niña recién nacida, ayudó a su madre a pasar al otro lado, de tierra firme a una isla huidiza.

Artemisa y sus doncellas

Artemisa la cazadora (Artemis the huntress)
Si importante es Artemisa, no menos importancia tiene la amplia comitiva de ninfas que rodea a la diosa. Se trata de ochenta bellísimas ninfas, doncellas que se han comprometido con su diosa a la virginidad, lo que va a hacer que se despierten la curiosidad y los deseos de dioses y héroes alrededor de esta corte de jovencitas, de virginales niñas de nueve años, elegidas por Artemisa misma en las bravas aguas del Océano y en las más remansadas del río Amnisos de Creta.

Naturalmente, y con el paso del tiempo, los artistas han ido añadiendo años y han desarrollado las formas de las niñas primitivas, hasta que consiguieron hacerlas núbiles y sumamente deseables, pero esto es una cuestión debida a la necesidad de adecuar el mito a las exigencias morales de cada época, ya que -fuera del contexto original griego- se hacía muy duro el que los dioses o los humanos pudieran tratar de atropellar a tan inocentes criaturas, y resultaba más conveniente representar al coro de ninfas con bastante más peso y envergadura que las infantiles vírgenes. Pero, antes de seguir adelante, hemos de contar la historia de Artemis, la Diana de los romanos, tal y como se narra en los textos clásicos conocidos.

¿Quien es Artemisa?

Artemis o Artemisa
A fin de cuentas, la personalidad clara y concreta de la doncella celosa de su virginidad y defensora a ultranza de la de sus protegidas se va enturbiando, y llega a un punto en el que Artemisa (Diana) se ve tremendamente complicada, como una manipuladora de los poderes ocultos de la muerte y las tinieblas. Es la representación viva de toda la maldad posible en el cielo, aunque entonces lo firmase Hécate; de la luz que nos arropa en la noche y sirve de guía para caminantes y enamorados, ya como Selene; y la inquieta defensora de animales para provecho de cazadores, de protectora de los bosques para disfrute de los mortales.

Como pasa con casi todos los dioses de la antigüedad, su papel nunca queda perfectamente definido a uno u otro lado de la raya entre bondad y maldad y Artemisa fluctúa, a la manera que los seres humanos saben que ellos lo hacen, entre muchos matices, sin quedar enteramente en el blanco puro ni en el desesperado pozo sin salida del negro absoluto, al modo de las hagiografías o de las condenas totales de las religiones del libro, del trío judeocristianolámico. Pero también es necesario decir que esa trinidad, tan querida después por los cristianos, no es exclusiva de Artemis, sino que otra de sus grandes compañeras olímpicas, Atenea, también era niña que jugaba a la guerra con Palas, doncella vestida de pieles de cabra, al estilo de los libios, y armada como guerrero para las ocasiones en las que la batalla era inevitable y mujer madura y sabia, en compañía del cuervo y del búho. Tres eran las estaciones del año para los griegos; invierno, primavera y verano; tres las esferas del Universo: celestial, terrena y subterránea; tres las fases de la luna: nueva, creciente y vieja. El número tres tenía un significado mágico, divino y no es de extrañar, pues, que una deidad de la categoría de Artemisa fuera ascendiendo por la escala del reconocimiento, hasta llegar a poseer ella, también, las tres caras que la daban la categoría de máxima representación divina.

La reina de los bosques Artemisa

Diosa Artemisa
Esta adscripción a Selene (para los griegos) o Luna (para sus herederos romanos) es un hecho que aparece más tarde, cuando ya la imagen de Artemisa estaba consolidada como reina de los bosques, con su corte de doncellas prodigiosas. Cuando se la lleva a ser divinidad del satélite, se está desplazando a su "propietaria" Febe o Selene, una titánida de la primera ola de la mitología primigenia, hermana de Helios, la divinidad del Sol. Por cierto, que al desplazar a Artemis a la posición lunar, su gemelo Apolo también se desplaza hasta ocupar el puesto de Helios, lo que resulta plenamente equilibrado para el conjunto fraternal de cara a la pareja importancia que han de ocupar los dos hermanos en el cuadro mitológico. Pero no se detiene ahí el movimiento y Artemisa sigue avanzando, hasta que también se encaja en el hueco de Hécate, en el sitio que antes pertenecía a esta divinidad de la sombra de la luna. Con las tres personalidades, su identidad se complica y ya está ante sus fieles una diosa con tres rostros: el de Artemis sobre la faz del planeta; de Selene en el firmamento, y de Hécate en las sombras eternas de los infiernos. Así, por translación, se obtiene una deidad que ocupa los mismos tres espacios que -en su día, y tras vencer a Cronos- ocuparon Zeus, Poseidón y Hades, como una segunda edición del imperio de la época paterna, en el que se hubiera eliminado el triunvirato a favor de una concentración total del poder. La diosa termina por ser una poderosa criatura que tan fácilmente puede provocar la enfermedad y la muerte, como puede curar a toda una nación con su voluntad. Se va haciendo cada vez más poderosa, pero no es Artemis quien (naturalmente) exige ese poder total, sino que son sus fieles quienes, con el paso del tiempo, van reivindicando para ella, para su divinidad favorita, el monopolio del poder, la unión de todos los posibles atributos olímpicos en sus manos, como prueba de su popularidad, del afecto de sus seguidores y del encanto que despertaba la deidad cazadora, la decidida mujer que vive en la naturaleza, entre las fieras y a merced de los elementos, aquí abajo, en el mismo mundo que los humanos, dando prueba de ser, a pesar de todo, de la misma madera que nosotros, los hijos de la tierra, preocupada por los retoños de las bestias y entusiasmada con la idea de dar caza a cualquier animal de buen porte que se ponga a tiro.

El dios Apolo en el arte

Pintura del gran dios Apolo
Los artistas y entendidos siempre dicen del dios Apolo que pertenece a la segunda generación de los Olímpicos. Esto significaba, al menos para los clásicos, y siempre desde una perspectiva estética, que tal deidad podía esculpirse con todos los materiales nobles -lo cual era considerado un privilegio reservado sólo a los dioses del Olimpo y a los dioses superiores, éstos eran veintidós y, de ellos, doce componían la corte celestial y las otras diez deidades se denominaban elegidas o selectas- como, por ejemplo, oro, plata, bronce, marfil...

Apolo, por lo demás, era representado como un dios revestido de valor y victorioso "Apolo Pítico". Pero, además, existían otras imágenes en las que aparecía en una postura erecta, en actitud de marcha, con su corta capa - clámide - echada hacia atrás y su cabeza erguida.

También es frecuente representarlo en plena juventud, casi como un adolescente. O, en otros casos, aparece apoyado en una columna; con su brazo derecho sujeta su cabeza y toda la figura irradia cierta clase de serenidad de ánimo. Tal sería el caso del Apolo de Praxiteles, que se apoya en el tronco de un árbol en el cual se destaca la figura de un lagarto.

Una piedra cónica o redonda era, en los primeros tiempos, la única representación del dios Apolo. Luego, apareció revestido de evocaciones musicales, sobre todo en la época clásica. También son numerosas las ocasiones en las que aparece representado desnudo, o bien cubierto con una amplia capa o túnica, pero siempre portando la lira entre sus manos.

Con frecuencia se le representa revestido de otros atributos distintos de la lira, que también definen al complejo dios, tales como el arco y las flechas, el trípode y el cetro, el laurel y los rayos solares, la mitra...

Entradas populares